Durante años trabajó arreglando teléfonos en un taller de Barranquilla. Hoy patrulla las calles mientras avanza en su meta de convertirse en oficial de la Policía Nacional.
Leal Grau creció en el barrio El Bosque, al suroccidente de la ciudad, en una familia humilde
En un taller de reparación de celulares en Barranquilla, entre destornilladores diminutos y pantallas rotas, Alfonso Luis Leal Grau pasó varios años de su vida ganándose el sustento. Lo que comenzó como un oficio para salir adelante terminaría convirtiéndose, sin saberlo, en el punto de partida de una historia marcada por la disciplina, el esfuerzo y la vocación de servicio.
Leal Grau creció en el barrio El Bosque, al suroccidente de la ciudad, en una familia humilde donde los valores y las enseñanzas ocuparon siempre un lugar central. Gran parte de esas lecciones las recibió de su abuela, Carmen Sofía Jiménez Pernett, quien, pese a no saber leer ni escribir, le inculcó el respeto por los demás y la importancia de ayudar a quien lo necesite.
Con el paso de los años decidió prepararse académicamente. Primero se formó como técnico eléctrico y electrónico en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y luego estudió para convertirse en paramédico. Durante una década también fue voluntario de la Defensa Civil Colombiana, participando en rescates y atendiendo emergencias.
Más adelante prestó servicio en el Ejército Nacional de Colombia, experiencia que fortaleció su disciplina y reafirmó su vocación de servicio.
Mientras tanto, mantenía su trabajo en la reparación de celulares. Allí recibía a todo tipo de clientes, entre ellos varios policías que acudían a arreglar sus teléfonos. Uno de ellos, al verlo trabajar con dedicación, le hizo un comentario que terminaría cambiando su destino: “Usted tiene porte de policía”.
Al principio lo tomó como una simple observación, pero la idea comenzó a rondar en su mente. Con el tiempo decidió intentarlo y, con los ahorros de su trabajo, se presentó a la Policía Nacional de Colombia.
Ingresó a la Escuela de Policía Antonio Nariño, donde enfrentó una exigente formación. Al finalizar el proceso obtuvo el primer puesto de su compañía, logro que representó un orgullo para su familia y la confirmación de que había elegido el camino correcto.
Hoy, con 29 años, presta su servicio en San Jacinto. Allí patrulla las calles, dialoga con la comunidad y atiende las situaciones que se presentan durante cada jornada.
Paralelamente continúa su preparación académica. Actualmente estudia Derecho con el objetivo de convertirse en oficial de la Policía Nacional.
Cada día, antes de iniciar su turno, recuerda los consejos de su abuela, la mujer que le enseñó que servir a los demás es una de las formas más nobles de vivir. Esa enseñanza, nacida en una casa humilde de Barranquilla, sigue guiando el camino de este patrullero colombiano.

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