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| Lo que debĆa ser una entrevista rigurosa terminó convirtiĆ©ndose en un enfrentamiento incómodo para los oyentes |
Un periodista no puede permitir que una entrevista se le salga de las manos. Mucho menos convertir un espacio informativo en un escenario de gritos, interrupciones constantes y descalificaciones personales. Cuando el control se pierde, tambiƩn se pierde el periodismo.
Esta semana, en MaƱana Blu, se vivió un tenso episodio entre la periodista Camila Zuluaga y la directora del Departamento Nacional de Planeación (DNP), Natalia Molina. Lo que debĆa ser una entrevista rigurosa terminó convirtiĆ©ndose en un enfrentamiento incómodo para los oyentes.
La conversación se tornó difĆcil desde el inicio, debido a respuestas poco claras por parte de la funcionaria. Esa falta de precisión fue elevando el tono de la periodista, hasta llevarla a interrumpir reiteradamente a la invitada, alzar la voz y perder la serenidad necesaria para conducir una entrevista de alto nivel. No es la primera vez que ocurre algo similar en la radio colombiana, donde algunos periodistas confunden firmeza con agresividad.
Cuando una entrevista se transforma en un caos, pierde el medio, pierde el periodista y pierde la audiencia. Invitar a un funcionario pĆŗblico para luego maltratarlo al aire contradice las reglas bĆ”sicas del ejercicio periodĆstico y del respeto.
Existen ejemplos claros de cómo se puede confrontar sin perder la compostura. Daniel Coronell, por ejemplo, ha demostrado en múltiples ocasiones que es posible hacer preguntas incómodas, incluso demoledoras, sin recurrir al irrespeto ni dejarse dominar por la rabia. Ese control fue el que faltó en esta ocasión.
Que un funcionario no domine el tema, se equivoque en cifras o incluso mienta no justifica los gritos ni los ataques personales. El deber del periodista es confrontar con argumentos, no con emociones desbordadas. De lo contrario, el mensaje que se transmite es intolerancia.
Durante la entrevista, ademĆ”s, se atribuyeron a la funcionaria afirmaciones que no expresó, lo que distorsionó el debate y agravó el ambiente. El punto de quiebre llegó cuando la invitada pidió calma ante el evidente nivel de exaltación. A partir de ahĆ, la conversación terminó de descomponerse.
La periodista incluso cuestionó pĆŗblicamente la idoneidad de la funcionaria para ocupar el cargo, sin hacer referencia a su trayectoria o mĆ©ritos, lo que constituye una descalificación personal innecesaria. Paradójicamente, esto ocurrió entre dos mujeres, en un contexto donde se esperaba mayor empatĆa y respeto.
Natalia Molina tambiĆ©n cometió errores al sugerir que no debĆa ser cuestionada, olvidando que todo funcionario pĆŗblico estĆ” obligado a rendir cuentas. Sin embargo, fue la periodista quien llevó la entrevista a un terreno impropio, mĆ”s cercano a una confrontación personal que a un ejercicio informativo.
La diferencia con otros espacios fue evidente. SebastiƔn Nohora, pese a tener desacuerdos conceptuales con la funcionaria, mantuvo un tono respetuoso y profesional, demostrando que el control no estƔ reƱido con la firmeza.
Camila Zuluaga se equivocó. Y lo mĆnimo que corresponde es una disculpa a los oyentes. Porque mĆ”s allĆ” de ideologĆas o posturas polĆticas, esa entrevista fue un ejemplo de cómo no debe ejercerse el periodismo.


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