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| La decisión final no la tomó la política, sino el azar: una moneda al aire definió al nuevo presidente |
En un episodio poco común en el Congreso de la República, el representante Gabriel Becerra, del Pacto Histórico, fue elegido como presidente de la Comisión Primera de la Cámara de Representantes tras un empate en votación con el liberal Carlos Ardila. La decisión final no la tomó la política, sino el azar: una moneda al aire definió al nuevo presidente. Y una cámara fue testigo de todo.
La inusual escena ocurrió el 29 de julio, cuando, ante la imposibilidad de destrabar la votación y la ausencia del congresista Miguel Polo Polo —quien se esperaba votara por Ardila—, los candidatos acordaron desempatar por medio del lanzamiento de una moneda.
El sorteo fue dirigido por Ana Paola García, del Partido de La U, quien hasta entonces presidía la comisión. Si el empate persistía en una nueva votación, el proceso se anulaba y se debía convocar a una nueva elección con diferentes candidatos. Para evitar esa situación, ambos aspirantes aceptaron definir el resultado “a cara y sello”.
“Es para mí un honor informar a la ciudadanía, a las bancadas y a los medios de comunicación que he sido elegido como presidente de la Comisión Primera de la Cámara de Representantes”, declaró Becerra, visiblemente sorprendido por el desenlace.
El congresista, ahora al mando de una de las comisiones más estratégicas del Legislativo, tendrá la responsabilidad de liderar el debate de temas trascendentales como la nueva ley de sometimiento propuesta por el Gobierno del presidente Gustavo Petro, así como la reactivación del Ministerio de la Igualdad y otras reformas de fondo.
“Esta dignidad le correspondía al Pacto Histórico. Hubo diferencias, fuimos a elecciones, quedamos empatados y al final quedé siendo presidente. Vamos a dar todas las garantías para que todos los sectores participen en los debates, y que las decisiones se tomen con pluralidad”, expresó Becerra.
Este episodio, más allá de lo anecdótico, reflejó lo frágil de las mayorías en el Congreso. Esta vez, fue el azar —y no las matemáticas parlamentarias— el que inclinó la balanza.


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